Jane Eyre
Jane Eyre —¡Saint John! —exclamé, una vez hube concluido con mis meditaciones.
—¿Y bien? —respondió en un tono glacial.
—Te lo repito: consiento en acompañarte como misionera, pero no como esposa. No me casaré contigo, ni me convertiré en parte de ti.
—¡Debes convertirte en parte de mÃ! —replicó con firmeza—. De otro modo, el pacto no serÃa válido. ¿Cómo podrÃa yo, un hombre que aún no ha cumplido los treinta, llevarme a la India a una chica de diecinueve si no estuviera casado con ella? ¿Cómo podrÃamos estar siempre juntos, a veces solos en medio de tribus salvajes, sin haber sido unidos en matrimonio?
—Claro que podrÃamos —dije al momento—, como si yo fuera de verdad tu hermana, o fuera un hombre, clérigo como tú.
—Todo el mundo sabe que no eres mi hermana. No puedo, pues, presentarte como a tal. El intento solo servirÃa para despertar sospechas de carácter injurioso sobre nosotros. Y, en cuanto a lo otro, pese a que tienes el cerebro vigoroso de un hombre, tu corazón es el de una mujer. No saldrÃa bien.