Jane Eyre
Jane Eyre —SaldrÃa bien —contradije con cierto desdén—. Tengo, es cierto, el corazón de una mujer, pero a ti eso no te afecta: para ti tengo solo la constancia de un camarada; si lo prefieres, la franqueza y la fidelidad de un soldado, o el respeto y la sumisión que una pupila siente por su maestro. Nada más, no temas.
—Eso es lo que quiero —dijo, como si hablara para sà mismo—. Exactamente lo que quiero. Y si hay obstáculos en el camino, debo derribarlos. Jane, nunca te arrepentirás de haberte casado conmigo. Puedes estar segura de ello: debemos casarnos. Lo repito: no hay otra forma. Y tampoco hay duda de que el mismo matrimonio traerá consigo suficiente amor como para que este sea válido incluso a tus ojos.
—Desprecio la idea que tienes del amor —no pude evitar decir, al mismo tiempo que me ponÃa en pie y apoyaba la espalda contra la roca—. Desprecio este sentimiento falso que me ofreces. SÃ, Saint John, y también te desprecio a ti por ofrecérmelo.
Me miró sin parpadear, mientras apretaba con fuerza los labios. No sabrÃa decir si la emoción que le dominaba era la ira o la sorpresa: seguÃa ejerciendo un férreo control sobre las emociones que expresaba su rostro.
—Nunca habrÃa pensado oÃrte pronunciar estas palabras —dijo por fin—. Creo que no he hecho nada que merezca desprecio.