Jane Eyre
Jane Eyre Afectada por la amabilidad de su tono y a la vez intimidada por su altivez, respondÃ:
—Perdóname estas últimas palabras, Saint John. Pero has sido tú quien me ha indignado hasta el punto de hacerme hablar con tanta crudeza. Has introducido un tema en el que nuestras opiniones divergen, un tema del que nunca deberÃamos haber hablado: la palabra amor siempre será entre nosotros la manzana de la discordia. ¿Qué harÃamos a la hora de la verdad? ¿Cómo nos sentirÃamos? Querido primo, abandona esa farsa matrimonial. OlvÃdala.
—No. Es un proyecto largo tiempo acariciado, y el único que puede asegurarme el fin que persigo, pero de momento no pienso insistir. Mañana abandonaré la casa y me marcharé a Cambridge. Tengo allà muchos amigos de quienes me gustarÃa despedirme. Estaré ausente durante dos semanas. Tómate este tiempo para considerar de nuevo mi propuesta, y no olvides que, cuando la rechazas, no es a mà a quién dices que no, sino a Dios. A través de mÃ, Él abre para ti una noble carrera a la que solo podrás acceder siendo mi esposa. Rechaza serlo, y te estarás confinando para siempre en los lÃmites de una existencia fácil, egoÃsta, oscura y estéril. Tiembla, pues en este caso serás alineada con aquellos que se han apartado de la fe, ¡aquellos que son peores que los infieles!