Jane Eyre

Jane Eyre

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El sermón había terminado. Apartándose de mí, de nuevo

Miró hacia el río, miró hacia la colina.[29]

Pero esta vez sus pensamientos quedaron encerrados en su corazón: yo no merecía escucharlos. Mientras regresaba a casa caminando a su lado, leí en su hermético silencio todo lo que sentía hacia mí: la contrariedad que experimenta una naturaleza despótica y austera al hallar resistencia donde creía encontrar sumisión; la desaprobación de un juez inflexible y frío al verse enfrentado a unos pensamientos y sensaciones que no puede compartir. En resumen, como hombre habría querido doblegarme y hacerse obedecer: era solo su sincera naturaleza cristiana la que soportaba con paciencia mi perversidad y me concedía un intervalo de tiempo para reflexionar y arrepentirme.

Esa noche, después de besar a sus hermanas, creyó apropiado olvidarse incluso de darme la mano. Abandonó la sala en silencio. Yo, que pese a no amarle, sí le tenía mucho cariño, me sentí herida por el gesto. Tan herida que no pude contener las lágrimas.

—Ya veo que tú y Saint John habéis discutido durante el paseo por el páramo —dijo Diana—. Ve tras él. Estoy segura de que le encontrarás remoloneando en el corredor, esperándote. Ve, y haced las paces.


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