Jane Eyre

Jane Eyre

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No soy una persona que hace del orgullo bandera en estas circunstancias. Siempre he preferido ser feliz que mantenerme digna, así que corrí en su busca. Estaba al pie de las escaleras.

—Buenas noches, Saint John —dije.

—Buenas noches, Jane —contestó con calma.

—Démonos la mano —añadí.

¡Que frío fue el tacto de sus dedos sobre los míos! Estaba profundamente disgustado por lo que había ocurrido ese día: ni la cordialidad ni las lágrimas podrían enternecerle. No era posible sacar de él una feliz reconciliación, una sonrisa alegre o una palabra generosa. En cambio, el cristiano que había en él seguía mostrando paciencia y placidez, y cuando le pregunté si me perdonaba, me respondió que no solía regodearse en las humillaciones sufridas, y que no tenía nada que perdonarme porque yo no le había ofendido.

Con esas palabras, me dejó. Habría soportado mejor un puñetazo.


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