Jane Eyre
Jane Eyre Un rumor sordo indicó el inicio del deslizamiento, pero la ira se contuvo antes de despeñarse.
—¿Y a qué se debe este nuevo rechazo? —preguntó.
—La primera vez te dije que no me amabas; ahora te respondo que tus sentimientos hacia mà bordean el odio. Si me casara contigo, me matarÃas. Ya me estás matando.
Sus labios y mejillas se volvieron blancos como la cera.
—¿Que te matarÃa, que te estoy matando? No deberÃas hablarme asÃ: tus palabras son violentas, impropias de una dama, falsas… Son la prueba de un desafortunado estado mental y merecen un severo reproche. De hecho, resultan imperdonables, pero es deber del hombre perdonar a su prójimo hasta setenta y siete veces.
Ya no habÃa vuelta atrás. Al intentar con todas mis fuerzas borrar de su mente la huella de mi primera ofensa lo que habÃa hecho era grabar a fuego sobre esa obstinada superficie otro agravio de mayor calado.
—Ahora ya nunca dejarás de odiarme —le dije—. Es inútil que intente hacer las paces: veo que te he convertido en un enemigo para siempre.