Jane Eyre
Jane Eyre Estas palabras le causaron una herida aún más dolorosa, la peor, porque ambos sabÃamos que eran ciertas. Los labios exangües se abrieron en una mueca momentánea. Yo era consciente de la ira que acababa de desatar. TenÃa el corazón en un puño.
—Interpretas de forma incorrecta mis palabras —le dije, al mismo tiempo que le cogÃa de la mano—. No pretendo causarte ningún daño… De verdad.
Su sonrisa se volvió aún más amarga y retiró su mano de la mÃa con decisión.
—Y ahora —dijo tras una larga pausa—, supongo que retirarás tu palabra y no irás a la India, ¿no es cierto?
—SÃ, iré, como ayudante tuya.
A esto siguió un prolongado silencio. No podrÃa explicar la lucha que debió de establecerse en su interior entre la Naturaleza y la Gracia durante este intervalo, pero sus ojos centelleaban y sombras oscuras cruzaron su rostro. Por fin volvió a hablar.
—Ya te demostré cuán absurda era la idea de que una mujer soltera de tu edad acompañara en sus viajes a un hombre soltero como yo. Creo que fui lo bastante convincente como para que toda nueva alusión a esa posibilidad quede fuera de lugar. Lamento que hayas vuelto a insistir sobre el mismo tema.
Le interrumpÃ, pues no estaba dispuesta a soportar ni una sola palabra de reproche: