Jane Eyre
Jane Eyre —Ten un poco de sentido común, Saint John, y no digas más tonterÃas. No finjas sorpresa por lo que acabo de decirte, porque no estás en absoluto sorprendido. Estoy segura de que tú, poseyendo como posees una inteligencia superior, no puedes ser a la vez tan obtuso y tan engreÃdo como para no comprender lo que quiero decirte. Te lo repito: seré tu ayudante si lo deseas, pero nunca tu esposa.
Su rostro se transformó de nuevo en una máscara pálida, pero, como antes, fue capaz de tomar las riendas y contener la pasión. Respondió en tono enfático, pero sereno:
—Una colaboradora femenina que no sea a la vez mi mujer nunca me servirá. Por tanto, parece ser que no podrás acompañarme. Sin embargo, si tu oferta es sincera, me pondré en contacto con un misionero casado cuya esposa necesita una ayudante. Tu propia fortuna te garantizará la independencia de los fondos de la Sociedad, y asà te ahorrarás el deshonor de faltar a tu promesa y desertar del bando que juraste seguir.
El lector sabe que yo jamás prometà nada, ni juré aliarme en bando alguno. Las palabras eran mucho más despóticas y duras de lo que requerÃa la ocasión.