Jane Eyre
Jane Eyre —No hay tal deshonor, ni ninguna promesa rota —repliqué—. Ni se trata de ninguna deserción. No tengo la menor obligación de ir a la India, y mucho menos acompañada de desconocidos. Me habrÃa arriesgado a ir contigo porque te admiro y confÃo en ti, y porque te quiero como a un hermano, pero estoy segura de que, fuera cuando o con quién sea, no durarÃa mucho en ese clima.
—¡Ah! ¿Es eso lo único que te preocupa: tu propia salud? —preguntó.
—Me preocupa, sÃ. Dios no me dio la vida para que yo la malbarate; hacer lo que me pides equivaldrÃa a un suicidio. Además, antes de tomar la decisión de abandonar Inglaterra para siempre debo tener la certeza de que no soy de más utilidad aquà que en cualquier otro lugar.
—¿Qué quieres decir?
—SerÃa absurdo intentar explicártelo, pero existe un tema que me preocupa y no puedo irme hasta tenerlo resuelto.
—Adivino hacia donde se vuelve tu corazón y el lugar al que se aferra. El interés que sientes es ilegÃtimo y sacrÃlego. DeberÃas haberlo sofocado hace tiempo. Ni siquiera sé cómo no te avergüenza mencionarlo. ¿Estás pensando en el señor Rochester?
Era cierto. Mi silencio fue más explÃcito que una confesión.