Jane Eyre

Jane Eyre

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—¿Te dispones a ir en busca del señor Rochester?

—Debo saber qué ha sido de él.

—Entonces solo me queda tenerte presente en mis plegarias, y rezar a Dios para que, en su infinita generosidad, te evite el destino errante que te acecha. Pensé que había reconocido en ti a una de las elegidas, pero Dios ve lo que el hombre no puede ver. Que se haga Su voluntad.

Abrió la verja, la cruzó y se perdió por el valle. No tardé en perderlo de vista.

Al volver al salón, encontré a Diana de pie junto a la ventana con aspecto pensativo. Era mucho más alta que yo, así que puso las manos sobre mis hombros y me obligó a detenerme. Observó mi rostro con atención.

—Jane —dijo ella—, últimamente estás siempre pálida y nerviosa. Estoy segura de que algo te inquieta. Dime qué asunto os lleváis entre manos tú y Saint John. He pasado media hora observando desde la ventana: perdóname por espiarte, pero llevo mucho tiempo haciendo las más extrañas cábalas. Saint John es un hombre muy especial…

Hizo una pausa, pero prosiguió al ver que yo seguía en silencio:


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