Jane Eyre
Jane Eyre —No te preocupes —le dije—, porque hoy, cuando le he repetido mi ofrecimiento, se ha escandalizado ante mi indecencia. ParecÃa pensar que era impropia de mà la sugerencia de acompañarle sin estar casados, como si no le hubiera considerado desde el principio como a un hermano y no le hubiera tratado como tal.
—¿Por qué dices que no te ama, Jane?
—DeberÃas oÃrle hablar del tema. Me ha repetido una y otra vez que no es él sino su trabajo lo que le impulsa a buscar pareja. Me ha dicho que no estoy hecha para el amor sino para el esfuerzo, lo cual tal vez sea cierto, no lo dudo. Pero, en mi opinión, si no estoy hecha para el amor, tampoco lo estoy para el matrimonio. ¿No resultarÃa extraño, Die, estar atada de por vida a un hombre que solo te considera una herramienta útil?
—SerÃa insoportable, antinatural, ¡algo fuera de toda lógica!
—Y en cambio —prosegu×, aunque solo siento por él un afecto fraternal, puedo imaginar que, siendo su esposa, acabarÃa concibiendo por él una clase de amor extraña y atormentada: es tan inteligente, y sus maneras, su mirada y sus palabras poseen una grandeza casi heroica… En ese caso mi destino no podrÃa ser más desgraciado. Él no quiere que le ame; y si mostrara mi amor, se esforzarÃa en hacerme ver que se trata de un sentimiento superfluo, innecesario para él e impropio de mÃ. Sé que lo harÃa.