Jane Eyre
Jane Eyre Eligió como lectura previa a las plegarias de la noche el capítulo veintiuno de las Revelaciones. Siempre resultaba agradable oírle leer fragmentos de la Biblia: su voz nunca sonaba tan dulce y llena, sus simples y nobles maneras nunca alcanzaban tanta intensidad como cuando desgranaba la palabra de Dios. Y, esa noche, aquella voz adquirió un tono más solemne, aquellas maneras se hicieron aún más hipnóticas: cuando, sentado entre las personas que formaban su círculo familiar (mientras la luna de mayo que penetraba por la ventana convertía la luz de la vela que había sobre la mesa en algo innecesario), e inclinado sobre aquella antigua Biblia, describía a partir de sus páginas la visión de un nuevo paraíso y de una nueva tierra, explicando cómo Dios descendería al lado de los hombres, enjugaría sus lágrimas y les prometería el fin de las muertes, de las penas, de los llantos y del dolor, porque esos males ya habían acabado.
Las palabras que pronunció a continuación me emocionaron de una forma extraña. Sentí una indescriptible alteración al percatarme de que, mientras las decía, sus ojos no se apartaban de mí: