Jane Eyre
Jane Eyre Yo no veÃa nada, pero sà oà una voz en algún sitio que gritaba: «¡Jane!, ¡Jane!, ¡Jane!». Y se hizo el silencio.
—¡Oh, Dios! ¿Qué ha sido eso? —musité.
Igual podrÃa haber preguntado «¿De dónde viene?», porque la voz no parecÃa provenir de la sala, ni de la casa, ni del jardÃn. No llegó por el aire, ni del mundo subterráneo o del firmamento. La oÃ, no importa de dónde viniera ya que saberlo es imposible. Y era la voz de un ser humano, alguien a quien conocÃa, amaba y recordaba a todas horas: era Edward Fairfax Rochester que se expresaba en un lamento de dolor. Salvaje, fantasmal e imperioso.
—¡Ya voy! —grité—. ¡Espérame! ¡No tardaré!
Volé hacia la puerta y recorrà el corredor con la mirada: estaba oscuro. Salà al jardÃn a toda prisa: estaba vacÃo.
—¿Dónde estás? —exclamé.
Las colinas que rodeaban Marsh Glen me respondieron al instante; «¿Dónde estás?», escuché. El viento lanzó un suspiro entre los abetos: fue el único sonido que rasgó el silencio nocturno del páramo.