Jane Eyre
Jane Eyre —¡Huye, superstición! —grité al ver a un oscuro espectro negro que surgÃa de la negritud de la verja—. Esto no es una ilusión ni tampoco fruto de la brujerÃa: es obra de la naturaleza, que, desvelada, ha obrado lo más parecido a un milagro.
Me deshice de Saint John, que me habÃa seguido con la intención de detenerme. HabÃa llegado la hora de que yo asumiera el mando. Eran mis poderes los que estaban en juego, con toda su fuerza. Le prohibà que me preguntara nada, o que hiciera el menor comentario; deseaba que me dejara. DebÃa, querÃa, estar sola. Me obedeció sin rechistar. Los obedientes nunca se resisten a una orden bien dada. Subà a mi habitación y me encerré dentro. Caà de rodillas y recé, a mi manera, que es distinta a la de Saint John pero resulta igual de efectiva. Me sentà muy cerca del EspÃritu Todopoderoso, y mi corazón se postró agradecido a sus pies. Le di las gracias y me incorporé: ya habÃa tomado una decisión. Pasé la noche tumbada en la cama, con la conciencia clara y libre de temor, ansiando con todas mis fuerzas que llegara el dÃa.