Jane Eyre
Jane Eyre Era uno de junio, pero la mañana amaneció fría y encapotada. La lluvia azotaba con fuerza los cristales. Oí cómo se abría la puerta principal para dar paso a Saint John. Por la ventana le vi cruzar el jardín y tomar el camino que surcaba los brumosos páramos en dirección a Whitcross, donde le esperaba la diligencia.
«En unas horas, seguiré tus pasos por ese mismo camino —pensé—. También yo debo subirme a un coche de postas. También yo tengo que ver a alguien, saber de él, antes de abandonar Inglaterra para siempre.»