Jane Eyre
Jane Eyre Todavía me quedaban dos horas para desayunar. Llené el intervalo de tiempo sobrante en dar lentos paseos por mi habitación y repasar los detalles de la visión que tanto había influido a la hora de forjar estos planes. Reviví la sensación interior que había experimentado. El carácter extraño e inexplicable de esa vivencia no impedía el recuerdo de aquella voz, y de nuevo me pregunté de dónde procedería con la misma falta de resultados. No parecía provenir del mundo externo, sino de mi propio yo. Me pregunté si no habría sido un espejismo, una mera ilusión fruto de los nervios. Pero por más que le daba vueltas no podía reducirla a tal: había sido más bien como una inspiración. La impresión del impacto había tenido la misma fuerza que el terremoto que sacudió los cimientos de la cárcel de Pablo y Silas; había abierto la puerta de la celda del alma, la había librado de sus cadenas y la había despertado de un sueño, del que había emergido temblorosa, expectante y asustada. Fue entonces cuando por tres veces aquel grito vibró en mi oído, aterrándome, encogiéndome el corazón, invadiéndome después el alma que, en lugar de experimentar temor o sorpresa, saltó exultante de alegría por el triunfo de aquel esfuerzo que había tenido el privilegio de acometer, ignorando los obstáculos del cuerpo.