Jane Eyre
Jane Eyre «En pocos dÃas —murmuré como punto final a mis reflexiones— sabré algo del poseedor de esa voz que ayer parecÃa convocarme. Si las cartas no han servido de nada, tendré que ocuparme de la búsqueda en persona.»
Durante el desayuno, anuncié a Diana y Mary mi intención de partir en un viaje que durarÃa al menos cuatro dÃas.
—¿Sola? —preguntaron.
—SÃ. Debo ver, o cuanto menos conocer el paradero, de un amigo por el que llevo tiempo inquieta.
PodrÃan haber expresado en palabras la idea que sin duda rondaba por su mente, puesto que, tal y como yo habÃa repetido a menudo, siempre habÃan creÃdo que yo no tenÃa más amigos que ellos; pero con su habitual delicadeza se abstuvieron de todo comentario. Solo Diana me preguntó si estaba segura de encontrarme lo bastante bien como para viajar sola: se me veÃa pálida. Repliqué que mi aspecto se debÃa únicamente a la angustia que pronto esperaba aliviar.