Jane Eyre

Jane Eyre

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—Claro que estaba. Y subió al piso superior a sacar a los criados de sus camas y ayudarlos a salir, mientras las paredes caían devoradas por las llamas; luego volvió a por su mujer. Pero los gritos de los criados le indicaron que esta se había subido al tejado: estaba de pie, agitando los brazos sobre las almenas y profiriendo unos alaridos que debieron de oírse a kilómetros de distancia. La vi con mis propios ojos. Era una mujer grande, y sus cabellos largos y negros ondeaban sobre la luz de las llamas. Fuimos testigos de cómo el señor Rochester ascendía por la claraboya hasta el tejado; le oímos gritar su nombre, «¡Bertha!», y vimos cómo se acercaba a ella. Y entonces, señora, la mujer gritó y saltó al vacío. Un minuto después su cuerpo se estrelló contra el suelo.

—¿Estaba muerta?

—Tan inmóvil como las piedras ensangrentadas sobre las que esparció sus sesos.

—¡Dios mío!

—Ya puede decirlo, señora, fue algo terrible —dijo, estremeciéndose al recordarlo.

—¿Y después? —insistí.

—Pues bien, señora, después la casa ardió hasta los cimientos. Quedan solo unos fragmentos de las paredes.

—¿Hubo alguna otra víctima?

—No, aunque quizá habría sido mejor.


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