Jane Eyre

Jane Eyre

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—Fue por culpa de su valor y, en cierta forma, de su generosidad, señora. No quiso abandonar la casa hasta que todos estuvieran a salvo. Finalmente, después de que la señora Rochester saltara desde el tejado, la casa se derrumbó encima del señor, que en ese momento bajaba por la escalera principal. Todo se hundió. Consiguieron rescatarle de entre los escombros, vivo aunque gravemente herido. Una viga le había protegido parcialmente de los impactos, pero había perdido un ojo y tenía una mano tan destrozada que el señor Carter, el médico, no tuvo más remedio que amputarla de inmediato. El otro ojo se infectó y también lo perdió. Lo cierto es que ahora es un inválido: ciego y manco.

—¿Dónde está? ¿Dónde vive ahora?

—En Ferndean, un caserío que la familia tiene en el campo, a unos cincuenta kilómetros. Un lugar bastante desolado.

—¿Quién está con él?

—El viejo John y su mujer. No quiso a nadie más. Dicen que está derrotado.

—¿Dispone usted de algún medio de transporte?

—Tenemos una silla de postas, señora, una hermosa silla.

—Prepárela enseguida, y si el cochero puede llevarme hoy mismo hasta Ferndean antes de que oscurezca, les pagaré a ambos el doble de la tarifa habitual.


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