Jane Eyre

Jane Eyre

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Ya creía que me había equivocado de camino. Envuelta por la propia oscuridad del lugar y por las sombras que propicia el crepúsculo, busqué con la mirada la existencia de otro sendero. No había ninguno: todo era un puro amasijo de raíces, un conjunto de troncos erectos como columnas, y un denso follaje que no permitía el avance hacia ningún lugar.

Seguí adelante, y por fin el camino se ensanchó: la espesura de los árboles se aclaró un poco y pude vislumbrar unas rejas y, más allá, la casa, apenas distinguible del fondo verdoso debido a la hiedra y la humedad que cubría sus desvencijados muros. Solo un pestillo me impedía la entrada: lo corrí y me encontré en medio de un patio semicircular rodeado de árboles. No había flores, ni parterres; solo un camino de grava que partía del oscuro bosque. La fachada terminaba en dos aleros puntiagudos, y tanto las enrejadas ventanas como la puerta, a la que se accedía por un escalón, eran estrechas. El conjunto respondía a la descripción que de él hiciera el posadero del Rochester Arms. La lluvia que caía insistente sobre las hojas era el único sonido audible del paraje.

«¿Puede haber vida aquí?», me pregunté.

Sí la había. Un movimiento me indicó su presencia: la puerta principal se abría y una forma difusa se disponía a salir de la casa.


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