Jane Eyre
Jane Eyre —¡Jane! Quizá pienses de mà que soy un perro pagano, pero te aseguro que en estos momento mi corazón rebosa gratitud hacia el benévolo Dios que protege la tierra. Él no ve como vemos los hombres; ni juzga como nosotros, sino con una sabidurÃa infinita. Yo me equivoqué: estuve a punto de manchar a mi flor inocente y de lanzar mi aliento culpable sobre su pureza, y por ello el Todopoderoso la separó de mÃ. Yo, sumido en la más obstinada rebeldÃa, maldije su voluntad. En lugar de doblegarme ante su decreto, lo desafié. La justicia divina siguió su curso y mi vida se llenó de desgracias: me vi obligado a pasar muy cerca del oscuro valle de la muerte. Sus castigos son implacables: uno solo me dejó humillado para siempre. ¿Recuerdas lo orgulloso que me sentÃa de mi fuerza? ¿Dónde ha ido a parar aquel vigor ahora que, como el niño más débil, necesito la mano de otros para avanzar? Solo en los últimos dÃas he empezado a ver y reconocer la mano de Dios en mi destino. Comencé a experimentar remordimiento, me arrepentà y deseé reconciliarme con el Creador. Incluso empecé a rezar: eran oraciones muy breves, pero llenas de sinceridad.