Jane Eyre

Jane Eyre

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—Ahora ya no te extrañará —prosiguió el señor— que dudara de la realidad de tu súbita aparición; me costaba creer que no fueras una visión, una voz, algo que se fundía en el silencio y en la nada, igual que antes se había fundido con el susurro del viento y el eco de las montañas. Ahora, solo me queda dar gracias a Dios de que no sea así. ¡Gracias, Dios mío!

Me hizo bajar de sus rodillas y se puso de pie; se quitó el sombrero en señal de respeto y, dirigiendo sus ojos ciegos hacia el suelo, rezó en silencio. Solo pronunció en voz alta las últimas palabras de esa plegaria.

—Doy gracias al Creador por haberme juzgado con misericordia. Pido humildemente a mi Redentor que me dé fuerzas para llevar una vida más pura de ahora en adelante.

Después, su mano buscó la mía. La cogí, la acerqué un instante a mis labios, y luego la coloqué sobre mi hombro. Como era mucho más baja que él, le servía de guía y de muleta al mismo tiempo. Nos adentramos en el bosque y emprendimos el regreso a casa.



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