Shirley

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Tras esta indicación, Hortense abandonó la estancia.

—¿Sospechas, entonces, que tengo enemigos, Caroline? —preguntó el señor Moore—, y sin duda sabes que carezco de amigos.

—No careces de ellos, Robert. Tienes a tu hermana, a tu hermano Louis, al que jamás he visto, al señor Yorke, y a mi tío; además, claro está, de otros muchos.

—Te verías en un aprieto para nombrar a esos «otros muchos» —dijo Robert con una sonrisa—. Pero muéstrame tu libro de ejercicios. ¡Qué arduos esfuerzos dedicas a la escritura! Supongo que mi hermana exige todo ese esmero: quiere formarte en todo siguiendo el modelo de una colegiala flamenca. ¿Qué vida estás destinada a llevar, Caroline? ¿Qué harás con tu francés, tu dibujo y demás aptitudes cuando las hayas adquirido?

—Dices bien, cuando las haya adquirido, pues, como sabes, hasta que Hortense empezó a enseñarme, sabía bien poco. En cuanto a la vida para la que estoy destinada, no sabría decírtelo. Supongo que llevaré la casa de mi tío hasta… —vaciló.

—¿Hasta qué? ¿Hasta que se muera?

—No. ¡Qué duro has sido diciendo eso! Yo jamás pienso en su muerte; sólo tiene cincuenta y cinco años. Hasta que… en definitiva, hasta que los acontecimientos me ofrezcan otras ocupaciones.


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