Shirley
Shirley Salió de la habitación y salió al jardÃn que habÃa detrás de la fábrica. Una encantadora franja de hierba joven y capullos en flor —de campanillas de invierno, flores del azafrán, e incluso prÃmulas— se abrÃa al sol bajo la ardiente pared del edificio. Moore recogió flores y hojas de aquà y de allá hasta formar un pequeño ramo; regresó al gabinete, hurtó un hilo de seda del costurero de su hermana, ató las flores y las depositó sobre el escritorio de Caroline.
—Ahora, buenos dÃas.
—Gracias, Robert; es muy bonito; colocado ahÃ, parecen chispas de sol y cielo azul. Buenos dÃas.
Moore se encaminó hacia la puerta, se detuvo, abrió la boca como si fuera a hablar, no dijo nada y siguió adelante. Atravesó el portillo y montó su caballo; segundos después habÃa saltado al suelo otra vez, pasándole las riendas a Murgatroyd, y volvÃa a entrar en la casa.
—He olvidado los guantes —dijo, aparentando coger algo de la mesita; luego, como si fuera una idea improvisada, señaló—: ¿Tienes algún compromiso que te obligue a volver a casa, Caroline?
—No tengo nunca ninguno; sólo tengo que tejer unos calcetines para niños que la señora Ramsden ha pedido para la cesta del judÃo, pero eso puede esperar.