Shirley
Shirley —Que la cesta del judÃo… ¡se venda! No hay utensilio con un nombre más adecuado. No se concibe nada más judÃo, por su contenido y su precio. Pero veo algo, una levÃsima mueca de desprecio en las comisuras de tus labios, que me dice que conoces los méritos de la cesta tan bien como yo. OlvÃdala, pues, y pasa el dÃa aquà para variar. A tu tÃo no le partirá el alma tu ausencia, ¿no?
—No. —SonreÃa.
—¡El viejo cosaco! Eso me parecÃa —musitó Moore—. Entonces quédate y come con Hortense, se alegrará de tu compañÃa. Yo regresaré a su debido tiempo. Tendremos una pequeña velada de lectura. La luna sale a las ocho y media y te acompañaré andando hasta la rectorÃa a las nueve. ¿Estás de acuerdo?
Ella asintió y sus ojos se iluminaron.
Moore se demoró aún un par de minutos más: se inclinó sobre el escritorio de Caroline y echó una ojeada a su gramática, toqueteó su pluma, alzó el ramo y jugueteó con él. Su caballo piafaba, impacientado; Fred Murgatroyd carraspeó y tosió junto a la verja, como si se preguntara qué podÃa estar haciendo su amo.
—Buenos dÃas —repitió Moore, y desapareció al fin.
Al entrar Hortense diez minutos después, descubrió, sorprendida, que Caroline aún no habÃa comenzado su ejercicio.