Shirley
Shirley SÃ, Caroline, oyes vibrar el cable de la campanilla que suena de nuevo por quinta vez; te sobresaltas y estás convencida de que esta vez tiene que ser el hombre con el que sueñas. No puedes explicar por qué estás tan segura, pero lo sabes. Adelantas el torso, aguzando el oÃdo cuando Fanny abre la puerta: ¡sÃ!, es la voz, baja, con el leve acento extranjero, pero tan dulce como la imaginas. Te levantas a medias: «Fanny le dirá que el señor Helstone tiene visita y se irá». ¡Oh! No puede dejar que se marche; a su pesar, en contra de su sentido común, cruza la mitad del comedor, dispuesta a salir corriendo si oye que Robert se retira, pero él ha entrado en el corredor.
—Puesto que tu señor está ocupado —dice—, llévame al comedor, tráeme papel y tinta; le escribiré una breve nota.
Tras captar estas palabras, y oyéndole avanzar, Caroline deseó que en el comedor hubiera otra puerta para desaparecer por ella. Se siente atrapada, encerrada; teme que su inesperada presencia le moleste. Hace un segundo hubiera volado hacia él; pasado ese segundo, quiere rehuirle. No puede, no hay modo de escapar: el comedor sólo tiene una puerta, por la que ahora entra su primo. La expresión de sorpresa y contrariedad que esperaba ver en su rostro ha aparecido, la ha conmocionado, y se ha ido. Caroline ha balbucido una disculpa: