Shirley
Shirley Una apacible noche de mayo, Caroline pasaba por allí cerca cuando la luna se elevaba en el cielo y, sintiendo escasos deseos, aun estando cansada, de regresar a casa, donde sólo la aguardaban el lecho de espinos y una noche de dolor, se sentó en la tierra musgosa cerca de la verja y contempló a través de ésta cedro y mansión. No corría el aire: la noche era sosegada, con la tierra cubierta de rocío y el cielo despejado de nubes. Los gabletes, que miraban hacia el oeste, reflejaban el claro ámbar del horizonte; detrás, los robles se veían negros; el cedro era aún más negro, y bajo sus densas ramas como el azabache se vislumbraba un cielo grave y azul; lo llenaba por completo la luna, que miraba a Caroline con aire solemne y plácido desde debajo de aquel sombrío dosel.