Shirley
Shirley A Caroline la noche y la vista le parecían encantadoras en su melancolía. Deseó poder ser feliz; deseó poder conocer la paz interior; se preguntó si la Providencia no se apiadaría de ella, si no la ayudaría ni la consolaría. A su pensamiento acudieron recuerdos de citas felices entre amantes, celebradas en antiguas baladas: pensó que semejante cita en semejante escenario sería maravillosa. ¿Dónde estaría Robert en aquel momento?, se preguntó. No estaba en el Hollow: ella había estado un buen rato esperando la luz de su lámpara y no la había visto. Se preguntó si estarían destinados a encontrarse y volver a hablar. De repente, la puerta que había bajo el porche de piedra de la mansión se abrió; por ella salieron dos hombres: uno mayor y de cabellos blancos, el otro joven, alto y de morena cabeza. Atravesaron el jardín y salieron por un pórtico que había en el muro. Caroline los vio cruzar el camino, pasar al otro lado de la cerca por la escalera, descender por los campos y desaparecer. Robert Moore había pasado delante de ella con su amigo el señor Yorke: ninguno de los dos la había visto.
La aparición había sido fugaz, vista y no vista, pero su electrizante paso dejó sus venas encendidas y su alma insurgente. La encontró cuando desesperaba; la dejó desesperada: dos estados diferentes.