Shirley
Shirley «¡Oh! ¡Si hubiera estado solo! ¡Si me hubiera visto! —fue su lamento—. Me habrÃa dicho algo, me habrÃa dado la mano. Me ama, tiene que amarme un poco; me habrÃa dado alguna muestra de su afecto: en sus ojos, en sus labios, yo habrÃa encontrado consuelo, pero he perdido la oportunidad. El viento, la sombra de una nube no pasan más sigilosos ni más desprovistos de sentido que él. ¡He sido burlada, y los Cielos son crueles!».
De este modo, completamente enferma de deseo y decepción, volvió a casa.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, al que se presentó con el rostro exangüe y el deplorable aspecto de quien ha visto a un fantasma, preguntó al señor Helstone:
—¿Tiene alguna objeción, tÃo, a que busque empleo en una familia?
Su tÃo, ignorante como la mesa en la que apoyaba su taza de café de todo lo que habÃa sufrido y sufrÃa su sobrina, no dio crédito a sus oÃdos.
—¿Qué capricho es ése? —replicó—. ¿Estás hechizada? ¿Qué quieres decir con eso?
—No me encuentro bien y necesito un cambio —dijo ella.