Shirley
Shirley El rector la examinó. Descubrió que, en efecto, su sobrina había experimentado un cambio. Sin que él se diera cuenta, la rosa había menguado y se había marchitado hasta convertirse en una mera campanilla de invierno: el color había huido de su rostro, la carne se había consumido; Caroline estaba sentada frente a él, abatida, pálida y delgada. De no ser por la dulce expresión de sus ojos castaños, las delicadas líneas de sus facciones y la ondulante abundancia de sus cabellos, no tendría ya derecho al epíteto de hermosa.
—¿Se puede saber qué te pasa? —preguntó el rector—. ¿Qué ocurre? ¿Qué tienes?
No hubo respuesta: sólo que los ojos castaños se llenaron de lágrimas y los labios descoloridos temblaron.
—¡Buscar empleo, dice! ¿Para qué empleo sirves tú? ¿Qué has estado haciendo? No estás bien.
—Estaría bien si me fuera de aquí.