Shirley
Shirley —A estas mujeres no hay quien las entienda. Tienen la rara habilidad de sobresaltarlo a uno con sorpresas desagradables. Hoy las ves fuertes, rollizas, rojas como cerezas y redondas como manzanas, y mañana se exhiben desmayadas como trajes de luto, pálidas e inanes. ¿Y por qué razón? Ése es el misterio. Tiene sus comidas, su libertad, una buena casa donde vivir y ropas buenas para llevar, como siempre; hace poco, eso bastaba para mantener su lozanÃa y su animación, y miradla ahora, una pobre chica flaca y pálida que gimotea. ¡Exasperante! Se plantea entonces la pregunta: ¿qué hacer? Supongo que tendré que pedir consejo. ¿Quieres que llame a un médico, hija?
—No, tÃo, no quiero; un médico no me servirÃa de nada. Sólo quiero cambiar de aires.
—Bueno, si ése es tu capricho, será satisfecho. Irás a un balneario. No me importa lo que cueste; te acompañará Fanny.
—Pero, tÃo, algún dÃa habré de hacer algo por mà misma: no tengo fortuna. SerÃa mejor que empezara desde ahora.
—Mientras yo viva, no serás institutriz, Caroline. No permitiré que se diga que mi sobrina es una institutriz.