Shirley

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—Pero cuanto más se tarda en hacer un cambio así, más difícil y penoso resulta, tío. Desearía acostumbrarme al yugo antes de que se forme en mí el hábito de la comodidad y la independencia.

—No me atosigues, Caroline, te lo suplico. Tengo el propósito de asegurar tu porvenir. Siempre lo he tenido. Obtendré una renta vitalicia para ti. ¡Dios mío! Tengo cincuenta y cinco años, mi salud y mi constitución son excelentes; hay tiempo de sobra para ahorrar y tomar medidas. No te preocupes por el futuro. ¿Es eso lo que te atormenta?

—No, tío, pero anhelo un cambio.

El rector se echó a reír.

—¡Ha hablado la mujer! —exclamó—. ¡Una auténtica mujer! ¡Un cambio, un cambio! ¡Siempre fantástica y caprichosa! Bueno, es propio de su sexo.

—Pero no es fantasía ni capricho, tío.

—¿Qué es entonces?

—Necesidad, creo. Me siento más débil que antes y creo que debería tener algo en que ocuparme.

—¡Admirable! Se siente débil y, en consecuencia, tiene que ponerse a trabajar; clair comme le jour, como Moore… ¡maldito sea Moore! Irás a Cliffbridge, y aquí tienes dos guineas para que te compres un vestido nuevo. Vamos, Cary, no temas; encontraremos el bálsamo de Galaad[79].


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