Shirley
Shirley Pasaron un par de semanas; la salud física y mental de Caroline no mejoró ni empeoró. Se hallaba precisamente en ese estado en que, si su constitución hubiera llevado en sí semillas de tisis, postración o fiebre cerebral, tales enfermedades se habrían desarrollado con rapidez y pronto se la habrían llevado calladamente de este mundo. Las personas no mueren nunca por amor o dolor únicamente, pero algunas mueren por enfermedades inherentes que las torturas de esas pasiones fuerzan a la destrucción de forma prematura. Las personas saludables soportan esas torturas, atormentadas, alteradas, quebrantadas: su belleza y su lozanía se echan a perder, pero conservan la vida. Llegan a cierto estado de deterioro; se ven reducidas a la palidez, la debilidad y el enflaquecimiento. Viéndolas moverse lánguidamente, los demás creen que pronto acabarán postradas en cama, fallecerán y dejarán de contarse entre los sanos y felices. Eso no ocurre: siguen viviendo y, aunque no pueden recobrar la juventud ni la alegría, tal vez recuperan la serenidad y la fuerza. Puede que la flor que el viento de marzo hiela, pero no barre, sobreviva para dar una manzana seca en el árbol al final del otoño: tras haber desafiado las últimas heladas de la primavera, quizá desafíe también las primeras del invierno.