Shirley

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Todos notaron el cambio sufrido por la señorita Helstone en su apariencia y la mayoría afirmaba que iba a morir. Ella no lo pensaba nunca: no se sentía tan mal; no tenía dolor ni enfermedad alguna. Su apetito había disminuido; sabía cuál era la razón: que se pasaba las noches llorando. Le fallaban las fuerzas; conocía la explicación: el sueño se mostraba tímido y no podía dormir; sus sueños eran angustiosos y siniestros. Aún parecía esperar un tiempo, en un futuro lejano, en que, superado aquel período de aflicción, conociera el sosiego una vez más, aunque quizá no volviera a ser feliz.

Mientras tanto, su tío la instaba a ir de visita, a aceptar las frecuentes invitaciones de sus conocidos; ella eludía todo aquello, pues era incapaz de mostrarse alegre en compañía de otros y se sentía observada, más con curiosidad que con simpatía. Las señoras mayores le ofrecían siempre sus consejos, recomendándole tal o cual panacea; las señoritas jóvenes la miraban de un modo que ella comprendía claramente y que quería evitar. Sus ojos le decían que sabían que había sufrido una «decepción», como acostumbra a decirse: no estaban seguras por culpa de quién.




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