Shirley

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—Algunas veces, tío, cuando no me doy cuenta.

—Entonces es eso lo que te está envenenando. Las pinturas son deletéreas, hija: hay albayalde, minio, verdín, gutagamba y otra veintena de venenos en esos colores. ¡Guárdalos bajo llave! ¡Guárdalos bajo llave! Ponte el sombrero, quiero que vengas de visita conmigo.

—¿Con usted, tío?

Esta pregunta la hizo con tono de sorpresa. Caroline no estaba acostumbrada a ir de visita con su tío: jamás salía de casa con él, ni a pie ni en coche.

—¡Deprisa! ¡Deprisa! Soy un hombre muy ocupado, ya lo sabes. No puedo perder el tiempo.

Caroline se apresuró a recoger los útiles de pintar, preguntando al mismo tiempo adonde iban.

—A Fieldhead.

—¡Fieldhead! ¿Vamos a ver al viejo James Booth, el jardinero? ¿Está enfermo?

—Vamos a ver a la señorita Shirley Keeldar.

—¡La señorita Keeldar! ¡Ha venido a Yorkshire! ¿Está en Fieldhead?

—Sí. Hace una semana que llegó. La vi en una fiesta anoche: esa fiesta a la que tú no quisiste ir. Me gustó; he decidido que debes conocerla, te hará bien.

—Supongo que habrá alcanzado ya la mayoría de edad.


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