Shirley
Shirley —Asà es, y residirá en su propiedad durante un tiempo. Yo le eché un sermón al respecto, le indiqué cuál era su deber, y ella no se mostró difÃcil de gobernar. Es una joven muy simpática; te enseñará lo que es tener un espÃritu enérgico; no hay ni el menor asomo de indolencia en ella.
—No creo que quiera verme, ni que nos presenten. ¿Qué bien puedo hacerle yo a ella? ¿Cómo puedo distraerla?
—¡Bah! Ponte el sombrero.
—¿Es orgullosa, tÃo?
—No lo sé. No creerás que iba a mostrarme su orgullo a mÃ, ¿no? Una muchacha como ella difÃcilmente se atreverÃa a darse aires con el rector de su parroquia, por rica que sea.
—No. Pero ¿cómo se comportó con los demás?
—No me fijé. Lleva la cabeza bien alta, y seguramente puede ser todo lo descarada que quiera en el momento oportuno; no serÃa una mujer, de lo contrarÃo. ¡Bueno, a buscar el sombrero ahora mismo!