Shirley

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—No es la única vez que la imaginación me ha jugado una mala pasada. Una noche, volviendo a casa del mercado, entré en el gabinete de casa pensando encontrar allí a Hortense, pero en lugar de verla a ella me pareció verte a ti. No había velas encendidas; mi hermana se había llevado la luz arriba; la cortina de la ventana no estaba corrida y la luz de la luna entraba a raudales. Allí estabas tú, Lina, junto a la ventana, un poco encogida hacia un lado, en una actitud bastante habitual en ti. Vestías de blanco, como te he visto en otras veladas. Durante medio segundo, tu rostro joven y vivaz parecía vuelto hacia mí, mirándome; durante medio segundo pensé en acercarme y cogerte la mano, en reprocharte tu larga ausencia y expresar mi alegría por tu regreso. Dos pasos hacia adelante rompieron el hechizo: el contorno del vestido cambió; los tintes de tu cutis se esfumaron, volviéndose informes; decididamente, cuando llegué a la ventana no quedaba nada más que el vuelo de una cortina de muselina blanca y una balsamina en un macetero, cubierta por un rubor de flores. Sic transit, etcétera.

—¿No era mi fantasma entonces? Por un momento he pensado que lo era.

—No, sólo gasa, loza y flores rosas: una muestra de las ilusiones terrenales.

—Me extraña que tengas tiempo para tales ilusiones, con lo llena de cosas que debes de tener la cabeza.


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