Shirley

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El disidente gordo que había iniciado el himno se quedó sentado en la zanja. Era un comerciante de licores, cabecilla de los no conformistas y, según se dijo, bebió más agua en aquella tarde de la que había bebido en todo un año. El señor Hall se había ocupado de Caroline, y Caroline de él; tras el incidente, la señorita Ainley y él intercambiaron comentarios en voz baja. La señorita Keeldar y el señor Helstone se estrecharon la mano cordialmente cuando la mayor parte de la procesión había salido ya de Royd-lane. Los coadjutores quisieron manifestar su júbilo, pero el señor Helstone puso freno a sus espíritus inocentes: señaló que no tenían nunca el sentido común suficiente para saber lo que debían decir, y que más les valía refrenar la lengua; y, además, les recordó que lo conseguido no había sido obra suya.









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