Shirley
Shirley Hacia las tres y media la procesión dio media vuelta, y llegó al punto de partida a las cuatro. Se habían dispuesto largas hileras de bancos en los campos pelados que rodeaban la escuela: allí se sentaron los niños y se sacaron grandes cestas cubiertas con paños blancos y grandes y humeantes recipientes de zinc. Antes de comenzar la distribución de las cosas buenas, el señor Hall bendijo la mesa con una breve plegaria que luego cantaron los niños: sus jóvenes voces sonaban melodiosas, conmovedoras incluso, al aire libre. Se sirvieron entonces grandes bollos de pasas y té bien azucarado, con un adecuado espíritu de generosidad: no se permitía escatimar nada, aquel día por lo menos: la norma era que cada niño recibiría el doble de lo que le fuera posible comer, ofreciéndoles así una reserva que podrían llevarse a casa para quienes, por la edad, una enfermedad o algún otro impedimento, no habían podido acudir a la fiesta. Mientras tanto, circularon bollos y cerveza entre los músicos y cantantes del coro. Después quitaron los bancos y dejaron a los niños explayarse con juegos permitidos.