Shirley
Shirley Caroline dijo esto cuando Shirley la aferró por el brazo y la llevó a toda prisa colina abajo, atravesando los campos. Era inútil resistirse: no había terquedad mayor que la de Shirley cuando se le metía una cosa en la cabeza. Caroline se encontró lejos de la vista de la multitud casi antes de darse cuenta, y en un estrecho sendero sombreado y escondido entre las ramas de los espinos, con el suelo tapizado de margaritas. No se fijó en la luz del sol que dejaba una cuadrícula en la hierba, ni percibió el incienso puro que exhalaban árboles y plantas a aquella hora del día; tan sólo oyó el portillo que se abría en un extremo y supo que Robert se aproximaba. Las largas ramas de los espinos, que cruzaban el sendero frente a ellas, no le dejaron verlas; lo vieron antes que él a ellas. Caroline percibió con una sola ojeada que toda la sociable animación de Robert había desaparecido: la había dejado tras de sí en los campos que rodeaban la escuela, en los que resonaban ecos alegres; lo que quedaba ahora era su semblante sombrío, silencioso y absorto en los negocios. Como había dicho Shirley, tenía un aire de cierta dureza y, aunque sus ojos brillaban, su mirada era severa. Más inoportuno no podía ser el capricho de Shirley: si él hubiera parecido dispuesto a un humor festivo, no habría importado mucho, pero…