Shirley
Shirley —Ya te he dicho que no debÃamos venir —dijo Caroline a su amiga con cierta amargura. ParecÃa realmente alterada; abordar asà a Robert, en contra de la voluntad de la propia Caroline y de lo que esperaba él, y cuando era evidente que preferÃa no ser importunado, fue motivo de un vivo enojo. A la señorita Keeldar no le incomodó lo más mÃnimo: siguió avanzando y se encaró con su arrendatario, impidiéndole el paso.
—Ha olvidado despedirse de nosotras —dijo.
—¡Que he olvidado despedirme! ¿De dónde salen? ¿Son hadas? Las he dejado a las dos, una vestida de púrpura y la otra de blanco, en lo alto de un terraplén, cuatro campos de por medio, no hace más de un minuto.
—Allà nos dejó y aquà nos encuentra. Le hemos estado observando y seguiremos haciéndolo. Tendrá que responder a nuestras preguntas algún dÃa, pero no ahora; por el momento, lo único que tiene que hacer es desearnos buenas noches y podrá pasar.
Moore observó a una y a otra, sin relajar su actitud.
—Los dÃas festivos tienen sus privilegios, y también los dÃas azarosos —comentó con tono grave.
—Vamos, no moralice; diga buenas noches y pase —insistió Shirley.
—¿Debo desearle buenas noches, señorita Keeldar?