Shirley
Shirley —SÃ, y a Caroline también. No creo que le parezca nada nuevo: no es la primera vez que lo hace.
Moore le cogió la mano con una de las suyas y la cubrió con la otra; la miró con expresión grave y amable, pero autoritaria. La heredera no podÃa convertir a aquel hombre en uno de sus súbditos; en su expresión al mirar el rostro animado de Shirley no habÃa servilismo, y a duras penas homenaje, pero sà interés y afecto, recalcado por otra emoción: algo en su tono al hablar, al igual que en sus palabras, indicaba que ese sentimiento era de gratitud.
—¡Su deudor le desea buenas noches! ¡Que descanse en paz y serenidad hasta la mañana!
—Y usted, señor Moore, ¿qué va a hacer usted? ¿Qué le decÃa al señor Helstone, con el que le he visto estrecharse la mano? ¿Por qué estaban todos aquellos caballeros reunidos a su alrededor? Deje a un lado la discreción por una vez; sea sincero conmigo.
—¿Quién puede resistÃrsele? Seré sincero: mañana, si hay algo que contar, lo oirá.
—Ahora —rogó Shirley—, basta de dilaciones.
—Pero ahora sólo le podrÃa contar la mitad de la historia, y mi tiempo es limitado; no tengo un momento que perder. Más adelante compensaré el retraso con una total sinceridad.
—Pero ¿se va usted a casa?
—SÃ.