Shirley

Shirley

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—¿Y no volverá a salir en toda la noche?

—Desde luego. ¡Y ahora, adiós a las dos!

Moore habría cogido la mano a Caroline y la habría unido a la de Shirley, pero no la encontró dispuesta. Caroline había retrocedido unos pasos, y respondió al adiós de Moore tan sólo con una ligera inclinación de cabeza y una sonrisa seria y amable. Moore no esperó una muestra más cordial, volvió a decir: «¡Adiós!», y desapareció.

—¡Bueno, ya está! —dijo Shirley cuando se quedaron solas—. Le hemos obligado a desearnos buenas noches y no creo que su aprecio por nosotras haya menguado, Cary.

—Espero que no —fue la breve respuesta.

—Te encuentro muy tímida y poco efusiva —comentó la señorita Keeldar—. ¿Por qué no le has tendido la mano cuando él te ha ofrecido la suya? Sois primos; te gusta. ¿Te avergüenza dejar que perciba tu afecto?

—Percibe todo lo que le interesa; no es necesario hacer una exhibición de sentimientos.

—Eres lacónica; serías estoica si pudieras. ¿Es un crimen el amor a tus ojos, Caroline?

—¡Un crimen el amor! No, Shirley: el amor es una virtud divina, pero ¿por qué introducir esa palabra en la conversación? ¡Es extraordinariamente improcedente!


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