Shirley
Shirley —¡La Eva de Milton! ¡La Eva de Milton!, repito. ¡No, por la Santa Madre de Dios, no! Cary, estamos solas; podemos decir lo que pensamos. Milton era grande, pero ¿era bueno? Su cerebro era exacto, pero ¿cómo era su corazón? Vio el Cielo; miró hacia abajo, hacia el Infierno. Vio a Satán, y al Pecado, su hijo, y a la Muerte, su horrible progenie. Los ángeles formaron ante él sus apretadas huestes: las largas hileras de escudos adamantinos reflejaron en sus órbitas de ciego el indescriptible esplendor de los cielos. Los demonios congregaron sus legiones ante su vista: sus ejércitos sombrÃos, sin corona y deslustrados, desfilaron delante de él. Milton intentó ver a la primera mujer, pero, Cary, no la vio.
—Hablas con audacia, Shirley.
—Pero digo la verdad. Era su cocinera a la que vio, o a la señora Gill, tal como la he visto yo, haciendo natillas en plena canÃcula, en la fresca vaquerÃa, junto a la ventana con celosÃa que da a los rosales y las capuchinas, preparando una colación frÃa para los rectores: conservas y «dulces cremas», no sabiendo «qué elección será la de mayor delicadeza, ni cuál el orden para evitar una mezcla de gustos inadecuada y sin refinamiento, sino que alterne los sabores, y los realce sin cambios bruscos[107]».
—Y nada de malo hay en ello, Shirley.