Shirley
Shirley —SÃ, cuidaremos de nosotros mismos —dijo otra voz. Joe Scott habÃa salido pausadamente de la iglesia para tomar un poco de aire fresco y allà estaba.
—Yo te protegeré, Joe —comentó William, sonriente.
—Y yo protegeré a mi patrón —fue la respuesta—. Señoritas —continuó Joe, adoptando un aire señorial—, será mejor que entren en la casa.
—¿Para qué, si puede saberse? —preguntó Shirley, que conocÃa ya al vigilante. SabÃa que era algo entrometido y discutÃa a menudo con él, pues Joe, que sostenÃa desdeñosas teorÃas sobre las mujeres en general, en lo más profundo de su corazón se sentÃa grandemente ofendido por el hecho de que su patrón y la fábrica de su patrón se hallaran, en cierta manera, bajo el gobierno de unas faldas, y habÃa recibido con amargura como la hiel ciertas visitas de negocios de la heredera a la oficina de contabilidad del Hollow.
—Porque no hay nada aquà que incumba a ninguna mujer.
—¿Ah, no? En la iglesia se reza y se predica; ¿no es eso de nuestra incumbencia?
—No ha estado usted ni en los rezos ni en los sermones, señora, si me he fijado bien. Me referÃa a la polÃtica. William Farren, aquà presente, estaba hablando de eso, si no me equivoco.