Shirley
Shirley —Bien, ¿y qué? La polÃtica es una de nuestras preocupaciones habituales, Joe. ¿No sabe que leo el periódico todos los dÃas y dos los domingos?
—Supongo que leerá los anuncios de bodas, y los asesinatos y accidentes, y cosas parecidas, ¿no, señorita?
—Leo los artÃculos de fondo, Joe, y las informaciones del extranjero, y repaso los precios del mercado. En resumen, leo lo mismo que cualquier caballero.
Por su expresión, Joe parecÃa pensar que las palabras de Shirley eran como los graznidos de una urraca. Su réplica fue un desdeñoso silencio.
—Joe —prosiguió la señorita Keeldar—, aún no he podido averiguar si eres whig o tory. Dime, por favor, ¿qué partido tiene el honor de contar con tu adhesión?
—Es difÃcil explicarse cuando uno no está seguro de ser comprendido —fue la altanera respuesta de Joe—, pero, en cuanto a lo de ser tory, antes preferirÃa ser una vieja, o una mujer joven, que es cosa aún más endeble. Son los tories los que siguen con esta guerra y arruinan el comercio, y si he de ser de algún partido (aunque todos los partidos polÃticos son tonterÃas), será del que es más favorable a la paz y, en consecuencia, a los intereses mercantiles de este paÃs.