Shirley
Shirley —También yo, Joe —dijo Shirley, a la que complacÃa en extremo provocar al vigilante insistiendo en hablar sobre asuntos en los que, según opinión de Joe, ella, como mujer, no tenÃa derecho a meterse—. Al menos en parte; siento también cierta inclinación por los intereses agrÃcolas, y buenas razones hay para ello, puesto que no deseo ver Inglaterra sometida a Francia y, si bien una parte de mis rentas procede de la fábrica del Hollow, la que procede de las tierras que la rodean aún es mayor. No serÃa bueno tomar medidas que perjudicaran a los agricultores, ¿no cree, Joe?
—El relente de la noche no es saludable para las mujeres —comentó Joe.
—Si es por mà por quien se preocupa, puedo asegurarle que soy insensible al frÃo. No me importarÃa turnarme con usted para vigilar la fábrica en una de estas noches veraniegas, armada con su mosquete, Joe.
El mentón de Joe Scott era bastante prominente; al oÃr estas palabras lo adelantó unos centÃmetros más de lo habitual.