Shirley
Shirley —Pero, volviendo a mis ovejas —prosiguió ella—, aunque soy pañera y dueña de una fábrica, además de agricultora, se me ha metido en la cabeza la idea de que nosotros los industriales y personas de negocios algunas veces somos un poco… muy egoÃstas y cortos de miras, que nos importa muy poco el sufrimiento humano, y que nuestra codicia nos vuelve despiadados. ¿No está de acuerdo conmigo, Joe?
—No se puede discutir con quien no puede entenderte —fue de nuevo la respuesta.
—¡Es usted un hombre enigmático! Su patrón discute conmigo algunas veces, Joe; no es tan inflexible como usted.
—Quizá no; cada cual es como es.
—Joe, ¿cree usted sinceramente que toda la sabidurÃa del mundo reside en las cabezas de los hombres?
—Creo que las mujeres son una raza voluble y terca; y siento un gran respeto por las doctrinas que nos enseñan en el capÃtulo segundo de la Primera EpÃstola de san Pablo a Timoteo.
—¿Qué doctrinas, Joe?
—«Que las mujeres escuchen en silencio las instrucciones con entera sumisión. Pues no permito a la mujer enseñar ni tomar autoridad sobre el marido; mas estese callada. Ya que Adán fue formado el primero, y después Eva».