Shirley
Shirley —¿Qué tiene eso que ver con los negocios? —alegó Shirley—. Más bien suena a derechos de primogenitura. Se lo comentaré al señor Yorke la próxima vez que lance invectivas contra tales derechos.
—«Y —añadió Joe Scott— Adán no fue engañado, mas la mujer, engañada, fue causa de la prevaricación».
—¡Mayor vergüenza la suya, que pecó con los ojos abiertos! —exclamó la señorita Keeldar—. A decir verdad, Joe, le confieso que siempre me ha intranquilizado ese capÃtulo: me desconcierta.
—Es muy sencillo, señorita: quien entienda que lo lea.
—Puede leerlo a su manera —comentó Caroline, uniéndose a la conversación por primera vez—. Supongo que admitirá el derecho a la interpretación personal, Joe.
—¡A fe mÃa que sÃ! Lo admito y lo exijo para cada renglón de la sagrada Biblia.
—¿Y las mujeres pueden ejercerlo igual que los hombres?
—No; las mujeres deben aceptar la opinión de sus maridos, tanto en polÃtica como en religión: es más saludable para ellas.
—¡Oh! ¡Oh! —exclamaron Shirley y Caroline al unÃsono.