Shirley
Shirley —Seguro; no hay la menor duda —insistió el tozudo vigilante.
—Dese por censurado y avergüéncese de un comentario tan estúpido —dijo la señorita Keeldar—. Es lo mismo que si dijera que los hombres deben aceptar la opinión de sus sacerdotes sin someterla a examen. ¿Qué valor puede tener una religión asà adoptada? No serÃa más que superstición ciega y embrutecida.
—¿Y cómo interpreta usted, señorita Helstone, esas palabras de san Pablo?
—¡Ejem! Yo… yo las explico de este modo: escribió ese capÃtulo para una congregación de cristianos en particular y en circunstancias peculiares, y, además, yo dirÃa que si pudiera leer el texto griego original, encontrarÃa que muchas de las palabras se han traducido mal, o no se han entendido en absoluto. No me cabe la menor duda de que, con un poco de ingenio, podrÃa darse la vuelta a todo el pasaje y hacer que dijera: «Que la mujer hable siempre que crea conveniente hacer una objeción; se permite a la mujer enseñar y ejercer autoridad. El varón, mientras tanto, harÃa mejor en guardar silencio», etcétera.
—Eso no se sostiene, señorita.
—Yo dirÃa que sÃ. El tinte de mis ideas es más duradero que el de las suyas, Joe. Señor Scott, es usted una persona absolutamente dogmática, y siempre lo ha sido; prefiero a William.